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Homenaje a Nieto – I

A 182 años de su fallecimiento, la figura del mariscal Domingo Nieto continúa esperando en su tierra natal un homenaje acorde con la grandeza de su legado histórico. Seguimos esperando la estatua ecuestre que honre su memoria en la plaza de San Antonio.

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POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS

El 17 de febrero se cumplen 182 años del fallecimiento del mariscal Domingo Nieto, ocurrido en la ciudad del Cusco. Su postrer deseo fue que lo sepultaran en la ciudad de Moquegua, gesto que agregaba “un testimonio más de mi filial respeto a ese suelo en que recibí el ser y en que vi la luz primera”. Era la demostración de un cariño sincero, que siempre, siempre, fue correspondido.

No obstante, el tiempo transcurrido, sus paisanos y los distintos gobiernos nacionales no han hecho nada que recuerde su memoria en el lugar que él escogió como su tumba.

Entonces ejercía la presidencia del Gobierno Provisorio de los Departamentos Libres del Sur como su indiscutible líder, que buscaba restaurar la democracia conculcada por la dictadura de Vivanco.

VICTORIA EN SAN ANTONIO

En esa condición de máximo jefe político y militar, preparaba la etapa final de su campaña luego de su gran victoria el 28 de octubre de 1843, en las cálidas y áridas pampas de San Antonio, en las inmediaciones de la ciudad de Moquegua, en que, liderando a los cívicos tacneños y moqueguanos, venció a los soldados de línea vivanquistas. Insólita victoria que le ganó la admiración nacional; el Perú entero se inclinó ante el Gran Mariscal y sus reclutas, los bravos moqueguanos y tacneños, y se unió entusiasta a su justa causa.

DECESO EN EL CUSCO

La intensa actividad que tuvo en los últimos meses agravó el mal hepático que lo aquejaba hacía muchos años y fue consciente de que se aproximaba el final de su existencia. Con ejemplar serenidad enfrentó sus últimos momentos y dictó un hermoso y lúcido testamento, seguido horas después de un codicilo que ya no estuvo en condiciones de firmar.

En él expresa su voluntad de ser sepultado en Sancara (Samegua). El lugar escogido fue el punto denominado Alto Yunguyo, a cinco kilómetros de la ciudad de Moquegua.

EN EL COLEGIO DE LA LIBERTAD

Con el fin de cumplir su deseo, el cadáver embalsamado fue traído a nuestra ciudad. Luego de las honras fúnebres en la iglesia Matriz, fue llevado a la capilla privada del Colegio Nacional de La Libertad, que antes fue la antigua iglesia de San Francisco.

El célebre orador fray José Cayetano Fernández Maldonado, fundador de la Academia Lauretana en Arequipa, pronunció la oración fúnebre y dispuso que los restos fueran depositados temporalmente en este templo, mientras se disponía la construcción de un mausoleo en el cementerio nuevo, ubicado en la lomada al borde de la quebrada Beltranes, al costado del actual cementerio Águeda Vizcarra, tal como lo había sugerido el general Manuel de Mendiburu, su albacea testamentario, porque el lugar señalado en Sancara era muy alejado de la población; además de abrupto y de difícil acceso, se consideró poco apto para los necesarios homenajes que se creyó debía recibir todos los años.

LA TUMBA DESCONOCIDA

Con el transcurso del tiempo y desaparecidos los testigos, un buen día se percataron de que el cadáver no se encontraba en el Colegio y no había quien diera razón de él. Tampoco se tuvo el cuidado de construir el mausoleo y menos un monumento recordatorio en el lugar escogido como su última morada. La indolencia de sus paisanos era compartida por el Gobierno Central, que no puso empeño en recordar su memoria. Fue necesaria la tenaz búsqueda hecha por el cura Manrique en 1924 para dar con los despojos del moqueguano más ilustre en el descuidado y reiteradamente saqueado cementerio nuevo. Fue un esfuerzo felizmente recompensado.

EN EL PANTEÓN DE LOS PRÓCERES

Lejos de construir el sepulcro que su memoria merecía en la ciudad que tanto amó, se decidió trasladarlo a Lima acogiendo una persistente iniciativa juvenil desde los años treinta, la que, acatada unánimemente, fue puesta en práctica en 1963. Las nuevas generaciones tenían otra sensibilidad. Se contentaron con que la provincia y el cuartel llevaran su nombre.

Desde 1963 sus restos descansan en el Panteón de los Próceres de la ciudad de Lima.

Seguimos esperando la estatua ecuestre que honre su memoria en la plaza de San Antonio.

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