POR NATALY ZAÁ, COACH
Durante años, nos enseñaron a amar a los demás, a cuidar, a dar, a ser fuertes, pero no siempre a incluirnos en esa lista. Hablar de amor propio parece sencillo, pero en la práctica suele ser el desafío más profundo y transformador de todos.
El amor propio no es vanidad ni egoísmo: es respeto, coherencia y conciencia. Es la base desde la cual todo lo demás se construye. Sin él, cualquier cambio físico, emocional o espiritual se vuelve frágil y temporal.
CUANDO EL AMOR PROPIO ESTÁ AUSENTE
El cuerpo habla, incluso cuando la mente calla. La falta de amor propio se refleja en cómo te alimentas, cómo te hablas y cómo eliges. Se manifiesta en la prisa, en la exigencia y en la dificultad para poner límites.
Muchas personas se levantan cada día con una larga lista de responsabilidades, pero sin reservar un solo espacio para sí mismas. El resultado es un cuerpo cansado, una mente saturada y una vida que se siente ajena.
Sin amor propio, el bienestar se vuelve una obligación más, una meta que se persigue desde la culpa y no desde el deseo genuino de cuidarse.
EL AMOR PROPIO COMO PRÁCTICA DIARIA
Amarte no es algo que logras una vez y mantienes para siempre. Es una práctica constante, como alimentarte o dormir. Significa escucharte cuando tu cuerpo pide descanso, cuando tu mente necesita silencio o cuando tus emociones requieren atención.
Es atreverte a decir “no” sin sentir culpa y a decir “sí” a lo que te hace bien, aunque nadie lo entienda. El amor propio también se refleja en las decisiones más simples: elegir alimentos que te nutran, moverte por bienestar y no por castigo o dejar de compararte con los demás.
Cada gesto, por pequeño que sea, envía un mensaje poderoso: “soy importante para mí”.
LA TRAMPA DE LA AUTOEXIGENCIA
Uno de los mayores enemigos del amor propio es la exigencia. Creemos que cuidarnos implica hacerlo todo perfecto: comer bien todos los días, entrenar sin faltar o mantener siempre la calma. Pero el amor propio no busca perfección, busca comprensión.
SE TRATA DE SER TU ALIADA, NO TU JUEZ.
Amarte significa reconocer que estás haciendo lo mejor que puedes con lo que tienes, y que eso ya es suficiente.
Practicar la autocompasión —tratarte con la misma amabilidad con la que tratarías a alguien que amas— es una herramienta clave. No se trata de rendirse, sino de acompañarte sin violencia.
CLAVES PARA CULTIVAR EL AMOR PROPIO:
- Escucha tu cuerpo. No te exige tanto como crees; solo te pide atención.
- Habla contigo con respeto. Cambia el “no puedo” por el “estoy aprendiendo”.
- Evita las comparaciones. Tu camino es único, y tu ritmo también.
- Rodéate de energía que te nutra. Personas, espacios y actividades que te impulsen.
- Cumple tus promesas personales. Cada compromiso cumplido fortalece tu confianza.
- Celebra tus avances, aunque sean pequeños. El reconocimiento también es amor.
El amor propio se construye en silencio, en los días comunes, en las decisiones que nadie ve. Es la raíz desde la cual florecen la disciplina, la salud, la autoestima y la paz interior.
AMARTE ES TU PUNTO DE PARTIDA
El verdadero bienestar no comienza en el gimnasio ni en la cocina, sino en la forma en que te miras al espejo. Amarte no cambia lo que eres; te permite recordarlo. Y cuando una persona se reconcilia consigo misma, todo en su vida cambia de dirección: el cuerpo responde, las relaciones mejoran y la mente se aquieta.
Este mes, en lugar de buscar amor afuera, haz una cita contigo. Pregúntate qué necesitas, qué estás ignorando y qué mereces comenzar a darte. Porque ningún cambio duradero puede nacer del rechazo; todo empieza en el respeto. Y ese respeto, cuando se vuelve hábito, se llama amor propio.

