viernes, 30 de enero de 2026
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‘Playa del Diablo’ es parte de nuestra historia, no se puede cambiar su nombre

Tener iniciativas para cambiar su nombre es de buena fe, pero esta no debe estar por encima de su propia historia e identidad.

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POR: NICOLÁS VALDEZ CASO

Por ahí he visto que algunos vecinos, de muy buena fe y entusiasmo, proponen cambiar el nombre de la “Playa El Diablo” o “Playa del Diablo” por cualquier otro que no sea muy “maléfico”, que sea algo más turístico, haciendo honor al desarrollo de Ilo o al nombre de algún personaje.

No tengo mapa o especificación de cuándo se inicia esta especial denominación, pero de hecho data de antes de los años 30 del siglo pasado y, muy posiblemente, después de ser reubicado Ilo a esta zona en 1871, luego del terrible terremoto de 1868 que cambió toda nuestra historia. La circunstancia no la conozco, pero seguro fue en un contexto muy especial. Los primeros moradores o pescadores de esta nueva zona fueron denominando a los lugares y, sobre todo, las playitas, con nombres muy particulares, de acuerdo a ciertas características de la zona, como salientes de rocas, cruce de olas o corrientes peligrosas, o las vistosas y envolventes algas “aracantos”, tradicionalmente muy abundantes en esa playa y que te proveían cantidad de choros; pero estoy seguro de que, a más de uno, le ha traído un susto especial por su peculiar enredo, como un pantano, como si “el diablo” te jalara a la profundidad. Miles de anécdotas de ese emblemático lugar, muy alejado de esa “pequeña caleta” que los ileños antiguos guardan con emoción y añoranza.

Un dato no menor fue el accidente, en los años 30, del vapor “El Huallaga”, de la Compañía Peruana de Vapores, que encalló entre “Playa La Picuda” y “Playa de los Diablos”. Fue un acontecimiento muy trascendente para nuestra historia de Ilo; inmensos titanes del mar y la imprudencia de los marinos no pudieron contra la naturaleza de nuestras playas. A mediados de los 70, una lancha anchovetera de mucho tonelaje también sucumbió a las rocas muy cerca de esos lugares. Era tan especial ver cómo los oleajes y los años carcomían a las naves hasta hacerlas desaparecer. Tantos episodios pueden contar nuestras playas; ellas estuvieron siempre ahí y el tiempo les puso un nombre, y así debe quedar. “Playa del Diablo” es muy añejo, está muy por encima de nuestra generación y merece todo nuestro respeto, prudencia y que se guarde su tradición.

Históricamente, por diferentes circunstancias, hemos perdido o simplificado algunas playas vecinas de nuestro personaje de hoy. Por ejemplo, al norte, “Playa Peña Blanca”, que aún existe y no se rinde frente al tiempo; más al sur, “La Picuda”, muy concurrida hasta antes de que se hiciera el malecón, es recordada por su callecita “Miramar”, la única que miraba al mar; “Playa La Lechuga”, cerca al hospital, ya desaparecida; “Playa La Poza”, debajo de la glorieta; “Playa de Pedro Valle”, desaparecida por la acción del varadero artesanal; “Playa Arenales”, que ya no existe por acción de los muelles de Enapu y Southern; “Tres Hermanas” y “Puerto Inglés”, que está en los mapas antiguos; “Playa Calienta Negros”, desaparecida por el astillero del boom pesquero y famosa por una leyenda redactada por los escritos de doña Graciela Vera Dillerva, la recordada poetisa e historiadora, “La dama de Ilo”.

La geografía y su naturaleza caprichosa nos ofrecen nombres parecidos muy cerca de “Playa del Diablo”. Por ejemplo: “El Callejón de la Muerte”, lugar peligroso nombrado por antiguos pescadores frente a Punta de Coles, donde en 1986 fallecieron ahogados los niños Boy Scouts; otro nombre singular, la bellísima “Playa El Gentilar” o “Gentilares”, que significa “lugar de los muertos”. Esos lugares son emblemáticos para los pescadores y mariscadores, que sí saben cómo respetar sus aguas y arena, y esto es de siglos y siglos de existencia.

Otro caso parecido es la playa “Morro de los Diablos”, hoy Morro Sama. Ese lugar figura desde los mapas antiguos del siglo XVII; los navegantes le tenían mucho respeto por su peligrosidad y, para nosotros, tiene un recuerdo especial. Fue ahí donde, en 1713, casi encalla la nave del científico francés Amadeo Frezier (Amedée François Frézier). Él venía desde Arica; las rocas y vientos de ese lugar atraparon su nave, y fue un episodio de mucha zozobra. Felizmente, para nuestro legado, Frezier salió bien librado y, cuando llegó a esta pequeña rada después de casi 10 días de navegación, describió a Ilo como un hermoso pincel: su litoral, riquezas, valle, cultivos, frutales, olivos, etc. (hoy ninguna calle ni plaza lleva su nombre). “Morro de los Diablos”, al sur de Ilo, quedó para nuestra historia y la del gran reino del Perú.

Tener iniciativas para cambiar su nombre es de buena fe, pero esta no debe estar por encima de su propia historia e identidad. “Playa del Diablo”, una ensenada que, en un mapa del siglo XVIII, muy cerca de ella se encontraron entierros indígenas, muy posiblemente restos Chiribaya. Hoy es un bonito lugar y solo pueden hablar sus cálidas olas, su plácida arena, rocas salientes y algas fervientes; pero, por qué no, hermosas leyendas escondidas en el tiempo. Su mismo nombre nos señala respeto, prudencia y significación, pero también orden y limpieza, que es nuestra responsabilidad para dar a los visitantes admiración. Amemos la naturaleza de Ilo y mantengamos intangible su significado y su tradicional legado. Ilo es grandioso y “Playa del Diablo” es parte de él.

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