POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS
El 19 y 21 de enero conmemoramos el 203 aniversario del heroico sacrificio de nuestros pueblos en las batallas de Torata y Moquegua, en una alianza que convocó fraternalmente a argentinos, chilenos y peruanos, que buscaban consolidar la independencia del Perú y con ella la de toda Sudamérica.
En esta ocasión nos merecen un particular homenaje los pueblos de Torata y Moquegua, que se inmolaron en sufrido holocausto por darnos una patria libre.
Allí, entre muchos otros moqueguanos anónimos, se batieron Tomás Landa, Domingo Nieto, Narciso Tudela Pinto; Bernardo Landa fue fusilado un año antes cuando vino a preparar esta campaña.
¿Qué es lo que realmente sucedió en Moquegua después de la derrota? Algunos detalles cuentan Tomás Dávila treinta años después en un folleto que publicó en 1853. Igualmente, en el memorial que la Municipalidad elevó a Bolívar en 1825, se hace una significativa descripción. Sobre estos relatos se suman los testimonios que encontramos en el archivo local.
Tal fue el apoyo que la población dio al Ejército Libertador en esta campaña, que al ingresar las tropas vencedoras a la ciudad después de la batalla, los redobles de los tambores realistas tocaron la orden de saqueo general.
Las mujeres, los ancianos y niños se refugiaron en los templos; convertidos en calabozo de los numerosos prisioneros e improvisados hospitales; las casas quedaron abiertas con sus tesoros, vestidos, muebles y cuanto contenían. Todo quedó a disposición de la soldadesca vencedora.
Las casas eran saqueadas de cuanto contenían. Con los muebles, puertas y ventanas hacían fogatas para cocinar sus alimentos. Parecía que todo estaba guiado por el placer de ocasionar la destrucción y la ruina.
Las señoras iban a los hospitales, con sus enaguas y camisas hacían vendas para curar a las víctimas. En otros casos llevaban los heridos a sus casas, previo pago de costosa fianza; o bien a quienes estaban en condiciones, los ayudaban a fugar. En el campo y en las haciendas a los fugitivos los guiaban hacia el puerto, facilitándoles víveres y movilidad. Aún la gente más humilde fue generosa, auxiliando a los heridos o en su fuga. Padeció todo el pueblo, muchos quedaron sumidos en la más profunda pobreza y miseria.
Los vencedores, saturados del robo y del incendio en la población, salían tras las haciendas a buscar más tesoros. Rompían las vasijas repletas de vino y aguardiente; llevaban a sus caballos en medio de las cepas, cargadas de frutos, como el mejor forraje. A cuantos encontraban, los azotaban para que declarasen el dinero o alhajas escondidos, si no hablaban los mataban.
Consumada la desolación de las casas, se hizo reunir a la Municipalidad y se exigieron de los vecinos pudientes un cupo de cincuenta mil pesos.
Bandadas de soldados buscaban a cuantos podían encontrar, para que hicieran zanjas enterrasen a los muertos que ya infestaban la atmósfera.
El costo del vandalismo en el pueblo y su valle llega por lo menos a tres o cuatro millones de pesos.
Esta tragedia nunca vista se repitió por quince días consecutivos.
Como compensación al heroísmo de Moquegua el 6 de junio de 1828 se decreta que “la ciudad de Moquegua tendrá el título de “benemérita a la patria” y el pueblo de Torata el de “villa”, y se le asignaban, por diez años diez mil pesos anuales para dar agua a la quebrada de Guaneros y al río Moquegua.
Pedro Peralta y Gustavo Valcárcel han publicado el citado documento de Tomás Dávila, en el que se da a conocer testimonios de testigos de los padecimientos de nuestra ciudad en aquella contienda. Publicación enriquecida con otros documentos y particularmente con esmerada investigación en el archivo local.


