POR: ABOG. JESÚS MACEDO GONZALES
Cuando tenía 23 años, era frecuente escuchar a los adultos de mi barrio afirmar que “a los jóvenes no les interesa lo que sucede en su entorno; solo les importa el fútbol y la fiesta”. Esta afirmación siempre me resultó incómoda, no solo porque no me identificaba con ella —no me gustaba el fútbol (ni siquiera ahora) y en aquel entonces tampoco disfrutaba de las fiestas—, sino porque invisibilizaba preocupaciones profundas y legítimas que muchos jóvenes sí teníamos.
Yo vivía en un barrio donde únicamente la avenida principal estaba asfaltada; las calles eran de tierra, los postes de alumbrado eran de madera y, cuando el agua escaseaba, debía acudir al río para abastecerme. Además, en mi país se hablaba constantemente del terrorismo, una realidad que me angustiaba y que deseaba ver transformada. Frente a ello, me preguntaba si realmente los jóvenes éramos indiferentes a nuestra realidad o si, más bien, éramos catalogados desde miradas adultas que no lograban comprender nuestras inquietudes. ¿Ocurre lo mismo con los jóvenes de hoy? ¿Son realmente indiferentes a su contexto o simplemente expresan sus preocupaciones de formas distintas a las generaciones anteriores?
Esta reflexión se profundizó años después cuando, en el aula universitaria, escuché a estudiantes de 21 o 22 años afirmar con naturalidad: “ya estoy viejo”. Ante ello, no podía evitar responder con ironía: “si tú te sientes viejo, entonces ¿qué se supone que soy yo, una momia andante?”. Más allá de la broma, quise comprender el trasfondo de esa percepción. Pregunté si realmente sentían que, al cumplir un año más, experimentaban una suerte de envejecimiento prematuro. La mayoría respondió afirmativamente.
Al indagar en las razones, uno de los estudiantes explicó que el acceso permanente a internet y a las redes sociales les permite observar innumerables realidades ajenas: logros, viajes, estilos de vida, historias de éxito en distintos países. Esa comparación constante genera la sensación de estar “en nada”, de no haber alcanzado aún aquello que otros ya parecen haber conseguido. Otro joven complementó esta idea señalando que la globalización expone de manera inmediata aquello que no se tiene ni se ha vivido, lo que produce frustración y, paradójicamente, una sensación de agotamiento o vejez emocional.
En una conversación grupal, alguien expresó una idea particularmente reveladora: “Algunos dicen que las generaciones anteriores eran mejores que las actuales, pero no se puede comparar; cada época tuvo sus propias luchas. Además, hoy ni siquiera se puede hablar de una sola generación: los jóvenes cambian radicalmente de un año a otro”. Esta afirmación evidencia que la diversidad juvenil ya no puede analizarse únicamente en términos generacionales amplios, sino desde experiencias individuales y contextos cambiantes.
Ante este testimonio surge una pregunta inevitable: ¿este joven buscaba transformar la realidad, como yo lo hacía a los 23 años, o era más bien una expresión de la inmediatez promovida por las redes sociales, que dificulta la construcción de proyectos a largo plazo? La respuesta, sin duda, no es sencilla.
Por otro lado, también he conocido experiencias que revelan nuevas sensibilidades juveniles. Un joven ingeniero ambiental me compartió su trabajo de capacitación con adolescentes y jóvenes en temas ecológicos. Al escucharlo, pensé que la defensa del medio ambiente, el cuidado del planeta y la protección de los animales son preocupaciones genuinas de la juventud actual. Sin embargo, un amigo añadió una reflexión inquietante: “Son tiempos extraños; a veces parece que a los jóvenes les preocupa más un animal abandonado que un niño que pide limosna o una persona que vive en extrema pobreza”. Esta tensión no debe interpretarse como indiferencia, sino como una reconfiguración de las sensibilidades éticas y afectivas.
Es necesario señalar críticamente algunos riesgos que atraviesan a muchos jóvenes hoy: el presentismo, que impulsa a vivir únicamente el ahora sin proyectar un futuro distinto; la egolatría, que prioriza los intereses personales sobre el bien común y debilita el sentido ético de la vida; y el adormecimiento emocional que producen las redes sociales, cuando se confunde la vida ajena con la propia y se envejece prematuramente en la comparación constante.

