domingo, 11 de enero de 2026
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‘Kevin Autista’ y el país que todavía no sabe convivir con el autismo: un alma que seguirá enseñando

Moquegua carece de diagnóstico y acompañamiento psicológico para más de 1,300 niños dentro del espectro; la cifra aumenta, pero el sector salud no cuenta con una data real.

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POR: LIC. GUILLERMO EDILBERTO RUEDA KUONG

COMUNICADOR SOCIAL

No hacía falta seguir a Kevin durante demasiado tiempo para entender algo esencial de él: hablaba desde la experiencia propia y con una franqueza que muchos adultos no suelen permitirse. Ese gesto bastó para que miles empezaran a ver el autismo desde otro lugar, lejos del estigma y más cerca de la vida real. En un país que suele tratar estos temas con tecnicismos o silencios, él lo narraba con naturalidad.

Tras su partida quedó flotando una conversación pendiente sobre inclusión, salud mental y neurodivergencia. No es una conversación nueva, solo que siempre la dejamos para después. Y el “después” nunca llega a tiempo para quienes lo necesitan.

Mientras el país procesaba lo ocurrido, Moquegua mostraba otra cara del mismo problema: la falta de diagnóstico temprano. Se estima que más de 1,300 niños en la región están dentro del espectro autista o presentan señales claras. La mayoría, sin diagnóstico formal. Y en autismo, llegar tarde no es un detalle: es perder herramientas que no se recuperan después.

No hay neuropediatras. No hay centros especializados. No hay rutas claras. Las familias —con esfuerzo enorme— viajan a Arequipa o Tacna en busca de evaluaciones y terapias. Y en esos viajes se va el tiempo, el dinero y la paciencia, pero también se va la posibilidad de una intervención temprana que marque la diferencia.

Las asociaciones de padres han insistido en algo muy simple: contar. Saber cuántos son, dónde están y qué necesitan. Un censo escolar permitiría eso. Pero en Moquegua, Salud y Educación se cruzan en discursos, no en acciones. Y cuando el niño queda en el medio, la política pública desaparece.

En el ámbito educativo, Moquegua necesita dar un paso urgente: integrar psicólogas y maestras sombra que acompañen a los niños dentro del espectro en el aula. No se trata de un servicio extra, sino de una pieza clave para que puedan aprender, socializar y participar en igualdad. Sin acompañamiento especializado, el aula regular se convierte en una barrera silenciosa; con él, puede convertirse en una puerta abierta. Ese es el cambio que las familias esperan: que el sistema educativo deje de pedirle al niño que se adapte y empiece a adaptarse también al niño.

Lo que pasó con Kevin también obliga a mirar el bullying desde otro ángulo. Durante años se lo trató como una broma pesada o una exageración. Pero hay violencias que no se ven y que, sin embargo, dañan. No dejan moratones ni titulares policiales, pero dejan depresión, retraimiento, ansiedad y una sensación brutal de no pertenecer. En ciudades donde entendemos rápido el peligro del sicariato o la delincuencia, todavía no sabemos dimensionar la violencia emocional que se ejerce en aulas, universidades y redes. Esa violencia mata más lento, pero mata igual.

Mientras tanto, en Moquegua se construyen colegios millonarios, pero no existe un solo centro especializado para el autismo. No hay neuropediatría ni psiquiatría infantil suficiente, ni psicólogos con formación específica. El diagnóstico depende del bolsillo, no del derecho. Un niño autista no deja de serlo porque el sistema no lo mire. Crece. Se vuelve adolescente. Se vuelve adulto. También desea estudiar, trabajar, amar, equivocarse, soñar. La inclusión no es caridad: es dignidad.

Ahora que el calendario nos deja frente al 2026 que queda, también queda una pregunta incómoda: ¿qué harán las autoridades regionales y locales en el último tramo de su gestión? Tres años pasaron entre inauguraciones, obras y comunicados, pero muy poco sobre neurodivergencia. Las vacaciones útiles son un ejemplo claro: talleres para todos —deporte, arte, baile, inglés, computación—, menos para los niños dentro del espectro. No porque no puedan, sino porque ni siquiera fueron considerados. En Moquegua, la inclusión no se planifica: se improvisa cuando alguien la exige.

El último censo nacional preguntó por primera vez si en el hogar vivía una persona con discapacidad o alguna condición neurodivergente. Lo que parece una pregunta pequeña es, en realidad, un cambio enorme. Un censista contó que en tres cuadras encontró siete casos; en el censo anterior había sido uno. No aumentó el autismo: disminuyó el miedo. Aun así, muchos padres siguen evitando el diagnóstico. No por negligencia, sino por temor: al estigma, al costo, a la burocracia, a cargar solos con una verdad que el Estado no asume.

En este escenario, algunos alcaldes han mostrado voluntad de acompañar: Mariscal Nieto, San Antonio, Samegua. Se agradece. Pero la inclusión no se sostiene con voluntad solamente. Necesita especialistas, protocolos, presupuesto y decisión política. Moquegua podría ser pionera. Tiene recursos y tiene familias organizadas. Solo falta mirar donde el Estado no suele mirar: hacia la infancia que no hace ruido.

Kevin ya no está para explicarlo desde TikTok. Lo explicó mientras pudo. Lo que sigue ahora es decidir qué hacemos con la conversación que él abrió. Porque la pregunta no es si el país está listo para aceptar la neurodivergencia; es si está dispuesto a hacerlo a tiempo.

El tiempo no es mañana ni el próximo gobierno. Es ahora.

Por Kevin y por los niños moqueguanos, seguiremos hasta ser visibles.

Kevin Autista y el pais que todavia no sabe convivir con el autismo 2 09012025 scaled La Prensa Regional
Kevin Autista – TikTok

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