miércoles, 7 de enero de 2026
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2026: petróleo, soberanía, libertad y geopolítica

El año 2026 aparece en el horizonte peruano como una cita crucial con nosotros mismos. Será

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POR: GUSTAVO PUMA CÁCERES

La historia no suele avisar cuando decide acelerar el paso, pero este 2026 hemos empezado con el estruendo de un cambio de era en Sudamérica. Los recientes acontecimientos en Venezuela, marcados por una intervención o invasión extranjera directa (EE. UU.) y el colapso definitivo del status quo que reinó durante dos décadas, no son un hecho aislado en el Caribe; son el epicentro de un terremoto geopolítico en la región. Mientras los titulares se centran en las maniobras militares y el caos inmediato, es imperativo que, desde el Perú, miremos el tablero completo. No estamos solo ante una crisis humanitaria o un conflicto ideológico; estamos ante la reconfiguración del mapa energético y estratégico del continente bajo cuatro vectores ineludibles que definen nuestro futuro inmediato: petróleo, soberanía, libertad y geopolítica.

EL PETRÓLEO: LA REALIDAD SOBRE LA IDEOLOGÍA

Venezuela posee las reservas probadas de crudo más grandes del mundo. Cualquier convulsión severa en su territorio, y más aún una escalada militar o una intervención que paralice o redirija su producción, envía ondas de choque inmediatas a los mercados globales de energía, trascendiendo la mera ideología. Si bien la libertad es el estandarte, el petróleo sigue siendo el motor. ¿Fue el negocio de la libertad a cambio del petróleo?

Para el Perú, es una alerta roja. Nuestra economía, poco diversificada, sigue siendo dolorosamente dependiente de la volatilidad de los precios internacionales de los hidrocarburos y de la estabilidad de las cadenas de suministro. La “toma” de los pozos venezolanos, o mejor dicho, la administración del petróleo por parte de Trump, puede tener un impacto directo en el costo de vida del ciudadano peruano de a pie; elevaría directamente los costos del transporte público, el flete y la logística de agroexportación en el Perú, afectando el costo de vida de sus ciudadanos.

La coyuntura actual evidencia el descuido histórico del Perú en materia de seguridad energética, al confiar excesivamente en el libre mercado, vulnerable a la geopolítica y a los conflictos. “Por ello, sostengo que la energía debe ser considerada un activo de seguridad nacional”. La crisis venezolana debe impulsar al Perú a acelerar proyectos de masificación del gas natural (como el Gasoducto Sur Peruano) y de energías renovables, no solo por ecologismo, sino por supervivencia económica. Finalmente, se cuestiona si la solución pasa por privatizar Petroperú o realizar una profunda reestructuración, enfatizando que el país no puede ser un espectador pasivo ante una crisis que amenaza su estabilidad económica.

LA SOBERANÍA EN EL SIGLO XXI: ¿UN CONCEPTO EN EXTINCIÓN?

El segundo pilar de este análisis es el más doloroso para la tradición diplomática latinoamericana: la soberanía. Durante años, el Perú y la región se escudaron en el principio de no intervención, mientras una crisis humanitaria desangraba al continente. La intervención actual, ya sea liderada por coaliciones hemisféricas o potencias extrarregionales, marca el fin de la “diplomacia de micrófonos”.

Nos enfrentamos a un dilema existencial. ¿Es soberano un Estado que expulsa a una cuarta parte de su población? ¿Termina la soberanía donde comienzan los crímenes de lesa humanidad? Para el Perú, la respuesta no es filosófica, es pragmática. La realidad nos muestra que, en la geopolítica moderna, los vacíos de poder se llenan. Si la región (a través de la OEA o la Comunidad Andina) no fue capaz de resolver el problema venezolano, otros actores globales (EE. UU., China, Rusia) decidieron hacerlo.

Esto nos deja una lección crítica para nuestra propia política exterior: la soberanía no se defiende con discursos en la ONU; se defiende con instituciones sólidas, economía robusta y capacidad disuasiva. Un Perú débil internamente, fragmentado políticamente y sin visión estratégica, es también vulnerable a las agendas de potencias extranjeras. La soberanía del 2026 requiere un Estado eficiente, no solo un Estado presente.

LIBERTAD Y LA ECUACIÓN MIGRATORIA

La libertad en Venezuela es crucial para el desarrollo humano y tiene dos posibles impactos migratorios para el Perú, que debemos gestionar con inteligencia fría y corazón solidario.

El primer escenario es el “retorno”. Si una intervención logra una transición democrática estable, cientos de miles de venezolanos podrían regresar a reconstruir su país, lo que les tomaría alrededor de 20 años en el escenario optimista. Esto aliviaría la presión sobre los servicios públicos peruanos, pero crearía un vacío en sectores económicos que dependen de esa mano de obra.

El segundo y más peligroso escenario es la “cronificación del conflicto”. Si se desata una guerra prolongada, el Perú enfrentaría una nueva ola de refugiados de guerra. Por tanto, la posición peruana no puede ser ambigua: debe apoyar una transición rápida hacia la libertad. Esto no es solo por solidaridad, sino por interés nacional. Una Venezuela libre y próspera sería un socio comercial y dejaría de exportar crisis. La libertad en Venezuela así significa, a la larga, mayor seguridad ciudadana, sin extorsiones ni delincuencia en las calles de Arequipa, Lima y el Perú.

GEOPOLÍTICA Y EL ROL DEL PERÚ: DE ESPECTADOR A PROTAGONISTA

El conflicto geopolítico global está transformando las alianzas y convirtiendo a Sudamérica en un tablero estratégico activo. Con la inestabilidad en el Atlántico Sur, el Pacífico sudamericano adquiere una relevancia monumental. El Perú, con su posición privilegiada y sus puertos de Chancay, Callao, Matarani e Ilo, tiene la oportunidad histórica de consolidarse como el eje de estabilidad y comercio de la región. Para ello, debe asumir un liderazgo decisivo. Necesitamos reactivar y reformar los mecanismos de integración, especialmente el Parlamento Andino y la Comunidad Andina, pero no como foros de burocracia dorada, sino como bloques de poder real que negocien con las potencias interventoras. El Perú no puede permitir que las decisiones sobre el futuro de la región se tomen en Washington, Moscú o Pekín sin que la voz de los Andes esté presente en la mesa de negociación.

HACIA EL 2026, CON LOS OJOS ABIERTOS AL MUNDO

El año 2026 aparece en el horizonte peruano como una cita crucial con nosotros mismos. Será un proceso electoral intenso, duro, y reinará la intolerancia, donde se debatirá el modelo económico, la lucha contra la corrupción y la profunda fractura social. Sin embargo, la crisis venezolana nos advierte que ese debate no puede ser provinciano. No podemos votar mirando solo nuestro ombligo. Venezuela es el termómetro que mide tres fiebres que nos contagian: la económica (a través del petróleo y la inflación importada), la jurídico-política (a través del principio de soberanía y el orden internacional) y la ético-social (a través de la libertad y la migración). Ignorar este diagnóstico es condenarnos a la sorpresa perpetua y a la gestión reactiva de las crisis.

No hay espacio para la tibieza. La Cancillería, el Ejecutivo y el Congreso deben entender que la política exterior ya no es un asunto de cócteles y té de tías, sino de supervivencia y desarrollo. Debemos abogar por una solución rápida que devuelva el petróleo al mercado, la soberanía a los ciudadanos (no a los dictadores) y la libertad a la región. El Perú debe decidir si quiere ser un protagonista de su destino o una víctima colateral de la geopolítica ajena. En este nuevo orden mundial que se forja a fuego y hierro al norte de nuestras fronteras, el silencio no es una opción; es una claudicación. Es hora de que el Perú hable, actúe y lidere, pensando no en las próximas elecciones, sino en las próximas generaciones. La historia nos está mirando.

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