Manuel G. Abastos (1893-1983)

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POR: GUSTAVO VALCÁRCEL SALAS

El 2019 se conmemoró el centenario de la Reforma Universitaria, uno de los movimientos sociales que mayor repercusión tuvo en la vida de nuestro país. Entre sus más conspicuos líderes estuvo nuestro paisano Manuel Godofredo Abastos Hurtado, una de las personalidades moqueguanas de mayor brillo en el siglo XX.

Nació en 1893, fueron sus padres Ricardo Abastos y Gabina Hurtado.

Sus primeros estudios los realizó en la escuela que sostenía la Sociedad de Artesanos y Auxilios Mutuos, “Luz y Progreso”, que desarrollaba una fecunda labor social en la ciudad; luego pasó al Centro Escolar que dirigía el profesor Rafael Díaz. Sus estudios secundarios continuaron en el centenario Colegio Nacional de “La Libertad”, concluyéndolos en 1909, siendo uno de sus compañeros de aula A. Umberto Ghersi Mosquera, que años después sería el primero en investigar el sitio arqueológico de Chiribaya.

En la pequeña ciudad de Moquegua, que pasaba por una durísima crisis social y económica, se respiraba la historia por doquier. Las casonas lucían símbolos heráldicos, en las abandonadas bodegas rurales aún se conservaban tinajas con inscripciones de fechas inmemoriales, los cerros circundantes habían sido escenario de cruentas batallas por la independencia y de la guerra del 79; no había sector del valle que no fuera teatro de las revoluciones que matizaron la vida republicana.

Concluidos sus estudios secundarios, Abastos viajó en pos de las afamadas aulas de San Marcos, premunido de los conocimientos básicos y el orgulloso sentimiento de ser parte de una ciudad con legendaria tradición histórica, aún por desentrañar.

Contaba con 22 años cuando su breve ensayo Bolognesi y su hazaña ganan el concurso que había convocado el Ministerio de Instrucción en 1916. Empezaba a distinguirse como un estudiante aprovechado, con especial inclinación por la historia. En 1917 ensaya una biografía sobre Bartolomé Herrera, publicada en 1917 (José Palomino, Escritos Penales de Manuel G. Abastos 1991).  En esta época es también cuando, ganado por la nostalgia lejos de la patria chica, publica en 1917, en el diario «El Tiempo» de Lima, su magnífico bosquejo histórico sobre la ciudad de Moquegua, en el que recoge la reflexión que le motiva las diversas lecturas en las que siempre tuvo presente la historia y el futuro de su ciudad.

Terminando la segunda década del siglo XX, en el país se respiraban aires nuevos, consecuencias sociales de la Revolución Mejicana, la Gran Guerra Europea, la Revolución Rusa, conflictos que conmocionaron al mundo entero.

Paralelamente, en el país se aproximaba el centenario de la independencia nacional y el de la batalla de Ayacucho, efemérides que invitaban a la reflexión. La universidad se convirtió en el centro de esa nueva toma de conciencia, siguiendo el ejemplo de la Reforma Universitaria de Córdova del año 1918, que se difundía por el continente.

En Lima, el año 1919 se organiza el Comité Revolucionario de la Reforma, que fue el organismo encargado de dirigir los reclamos juveniles, del que Abastos fue uno de los principales animadores junto a Haya, Porras, Seoane, Jorge Guillermo Leguía, Sánchez, Basadre, entre otros.

Paralelamente se forma el Conversatorio Universitario, que se mantuvo activo entre 1919 y 1921, gracias al dinamismo que le impartía Porras. Los jóvenes se reunían para leer, debatir, confrontar ideas.

El permanente afán crítico, los llevó a avanzar en sus trabajos de investigación y deciden desarrollar sus nuevos puntos de vista a través de conferencias que se dictaron en 1919. Entre ellas estuvo la de Manuel Abastos sobre «La influencia ideológica en la revolución peruana de la independencia».

De este movimiento nacería la generación más brillante de nuestra historia, conocida como la Generación del Centenario, caracterizada por una temprana actividad intelectual, afán por replantear los problemas nacionales y vincular a la universidad con la clase trabajadora. Ello los llevó a crear las Universidades Populares “González Prada” bajo el indiscutible liderazgo de Haya de la Torre. De aquí nacieron los partidos políticos modernos junto a las principales figuras que los condujeron y los intelectuales que mayor influencia tuvieron en el país durante el último siglo.

Llevado por su prestigio Manuel G. Abastos es invitado a integrase como docente de San Marcos. Como representante de la joven generación, en 1931 ganó a V. A. Belaúnde en reñidas elecciones el concurso a la cátedra de Historia Moderna en San Marcos. Desde entonces se dedicó a la docencia universitaria.

Se preocupó que sus alumnos estuvieran bien informados. Con ese fin funda la «Revista de Derecho y Ciencias Políticas» de la Universidad de San Marcos, de la que fue su director durante varios años, convirtiéndola en una de las más prestigiosas del continente. Organizó la biblioteca jurídica de la Facultad de Derecho y de una moderna hemeroteca que tuvo el mismo prestigio.

Cuando en 1941 se organizaban los festejos del cuarto centenario de la fundación española de Moquegua, la comisión que se designa en Lima, encargada de gestionar las obras que el Gobierno debía realizar en el departamento, estaba conformada por el doctor Manuel G. Abastos, que gozaba de una reputada fama en el país. Por el aprecio y estima que se le tenía en su ciudad natal, fue tentado para ser candidato al Congreso en las elecciones de 1945, a lo que gentilmente declinó, decidiendo permanecer alejado de toda figuración política, como lo hizo siempre.

Su preocupación social, que fue una de sus banderas juveniles, lo lleva a plantear en diversos foros la reivindicación del derecho indígena, charlas que posteriormente fueron recogidas y publicadas en diversas revistas. La producción de Manuel G. Abastos fue variada y dispersa, no se ha recogido íntegra.

Si bien se inició auspiciosamente como historiador, la materia en la que más destacó fue en Derecho Penal, tema en el que brilló con nitidez y su indiscutible autoridad fue reconocida en el mundo entero. Fama que se origina en las aulas sanmarquinas como catedrático, con las características de un esclarecido maestro como lo han juzgado siempre quienes han sido sus discípulos. Participa en innumerables foros nacionales e internacionales, en los que era reclamada su presencia.

Falleció en la ciudad de Lima en 1983. Moquegua, la ciudad que lo vio nacer, le debe un reconocimiento a quien fuera uno de sus hijos más notables durante el siglo XX.

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