Atravesada en toda su extensión por la Cordillera de los Andes, el Perú, y en especial nuestra región Moquegua, es poseedor de numerosas montañas, muchas de las cuales causan el interés de personas, nacionales y extranjeras, que las visitan ya sea con propósitos recreativos, deportivos o beneficios industriales.

Montaña se refiere, en términos simples y comunes, a aquellas elevaciones naturales que presentan los terrenos como resultado de la acción de diferentes agentes principalmente geológicos.

Hablar de las montañas, y desde mi postura de biólogo, me trae a la memoria a aquellas que circundan nuestra región y a las que debemos prestar mayor atención y cuidar aspectos importantes como su relación con el clima, el hambre y sobre todo la migración cuya consecuencia es el despoblamiento de estas.

En las largas caminatas, como parte de mi quehacer profesional, la visita a las zonas altas me ha sorprendido al darme cuenta del impacto que ha ocasionado la migración en aquellas tierras, provocando un vacío y desterrando las ilusiones de los padres que, con mucho esfuerzo envían a sus hijos a estudiar en las universidades de nuestra región con la esperanza de que algún día retornen pero que se dan con la desagradable sorpresa de que estos no tienen “la menor intención de retornar”. Es cuando se entierra la esperanza del regreso y con amargura recuerda aquella frase dicha en su aymara que con orgullo anunciaba que el hijo iba a la universidad: “Leyere saraujani universidad” (“se fue a estudiar a la universidad”).

Y razones hay, como esperar que esos hijos retornen donde se han cerrado oportunidades, muchas de las cuales solo se centralizan en la capital. Creo que en este entender se requieren mayores esfuerzos de quienes hoy tienen la oportunidad de tomar decisiones políticas para gestar nuevas opciones y oportunidades que permitan el desarrollo de la zona alta de la región, donde rodeados de montañas, el poblador altoandino vive, ante la apacible calma del cantar de los “chiguancos” o los silbidos de los “chulucutos” en medio de los queñuales, o en el silencioso observar de las tarucas a lo lejos, como no recordar  cuando entre risas y cantos más de una moza entona e inventa rimas para cantar en la fiesta del escarbo de la “asequia “ mientras sus manos con exquisita destreza evaden los quepos  de las tunas.

No puedo dejar de sentirme conmovida cuando hablar de esos lugares me recuerda a mi abuelo, un caballero de talla alta (“jacha gente” en aymara) como dirían mis hermanos, y es a través de estas líneas que hoy le brindo un homenaje para expresar a nuestras autoridades que debemos apoyar oportunidades relacionadas al desarrollo sostenible de las montañas para aterrizar acciones concretas que fortalezcan a los pueblos y entornos de las montañas.

La Universidad Nacional de Moquegua (UNAM) ha generado un convenio con el INAIGEM (Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Alta Montaña”, institución responsable del “fomento de la investigación científica y tecnológica en los ámbitos de los glaciares y ecosistemas de montaña, para el beneficio de la población, adoptando medidas de adaptación y mitigación en el contexto de riesgos producidos por el cambio climático”.

El convenio es un paso importante, pero creo que se precisa  sumar esfuerzos de diversas instituciones regionales, y porque no decirlo, de aquellos hijos que trabajan en diferentes espacios por  cuyas venas aún corre sangre carumeña, recordando aquella historia que contaban los abuelos con orgullo una y tres veces: “cuando en tiempos de la Guerra del Pacífico y ante el avance de las huestes chilenas, en la osadía de algunos pobladores quienes al preguntarles en donde se encontraban, con firmeza contestaron “NI PERUANO, NI CHILENO, PURO CARUMEÑO”. Hagamos pues hermanos una nueva historia que contenga otras osadías la invaluable oportunidad de escribir tras el respeto por madre tierra y los recursos naturales que para bendición Divina se nos brindó a nuestra región.

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