POR: ALEJANDRO FLORES COHAILA

Viven en mí pocos recuerdos dentro del límite de la realidad. La mayoría de ellos han sufrido graves alteraciones: los dichosos, los he endulzado más de lo que debiera; y los amargos se los ha llevado el tiempo, o los he visto desde nuevo puerto y me he percatado que han cobrado un color más cálido.

Pues la realidad ocurre solo una vez, y toda reproducción interna de la misma está condenada a la distorsión. Especialmente en nuestra juventud, que toda derrota parece nefasta y toda victoria culminante. Dicho esto, considero que hay un consejo divagante, que queda relegado en las generaciones, y que –al igual que la sabiduría– nos llega cuando ya no nos sirve: Nos arrepentimos más de lo que no hicimos que de lo que hicimos.

Muchas veces ha pasado que el joven que se ve buscando las raíces del horror y vive con un sueño y metas palpitantes ha dejado de obrar por miedo. Durante mi corta vida he pasado momentos bochornosos, momentos en los que ni siquiera pude musitar cuando de mí necesitaban una respuesta.

A la par, he fantaseado incontables veces con la paz, con vivir despacio frente a la claridad, con descubrir mil cosas nuevas. Y sé que, si llegara el día en que se me cayeran y congelaran los párpados sin haber dejado rondando por lo menos un atisbo de esperanza humana, mi existencia habría sido en vano.

Viene al caso mencionar que, hace un tiempo atrás, le pedí a un veterano de corazón noble por la lección más importante que le había dado la vida, a lo que me respondió: “El paso del tiempo es inevitable y, a la vez, este es indiferente a todos. Ninguna cultura es estacionaria. Aunque no queramos, debemos adaptarnos a los cambios de esta.”

En fin, es natural manifestarse de esta manera en este sitio y estos tiempos. Siento que el mundo se ha transformado lentamente en paciencia y asco. El espíritu de cambio ya no anda entre los míos.

Y considero que para revertir esto los jóvenes deberíamos comprar el pleito, expresar nuestro descontento, no dejar que nos pisoteen el amor, situarnos en la historia nuestra y no transformarnos en viejos prematuros. El reino del verano volverá a instalarse entre nosotros solo si tenemos ganas de expresarnos; contribuir con la cultura, el arte y la ciencia.

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